Después de convertirme en presidente,
le pedí a algunos miembros de mi escoltaque fuésemos a pasear por la ciudad.
Tras el paseo,
fuimos a almorzar
a un restaurante.
Nos sentamos
en uno de los más céntricos,
y cada uno de nosotros
pedimos lo que quiso.
Después de un tiempo de espera
apareció el camarero
trayendo nuestros menús.
Fue justo entonces
cuando me di cuenta
de que en la mesa
que estaba justo frente a la nuestra,
había un hombre solo,
esperando ser atendido.
Cuando fue servido,
le dije a uno de mis soldados:
ve a pedirle a ese señor
que se una a nosotros.
El soldado fue
y le transmitió mi invitación.
El hombre se levantó,
cogió su plato
y se sentó justo a mi lado.
Mientras comía
sus manos
temblaban constantemente
y no levantaba la cabeza
de su comida.
Cuando terminamos,
se despidió de mí
sin apenas mirarme,
le di la mano y se marchó.
El soldado me comentó:
Madiva, ese hombre
debía estar muy enfermo,
ya que sus manos
no paraban de temblar
mientras comía.
¡No, en absoluto!
la razón de su temblor es otra.
Me miraron extrañados y les conté:
Ese hombre,
era el guardián de la cárcel
donde yo estuve encerrado.
A menudo, después de las torturas
a las que me sometían, yo gritaba
y lloraba pidiendo un poco de agua
y él venía me humillaba, se reía de mí
y en vez de darme agua,
se orinaba en mi cabeza.
Él no estaba enfermo,
lo que estaba era asustado
y temblaba quizás esperando que yo,
ahora que soy presidente de Sudáfrica,
lo mandase a encarcelar
y le hiciese lo mismo que él me hizo,
torturarlo y humillarlo.
Pero yo no soy así, esa conducta
no forma parte de mi carácter,
ni de mi ética.
Las mentes que buscan venganza
destruyen los estados,
mientras que las que buscan
la reconciliación construyen naciones."

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