jueves, 20 de agosto de 2020

CUANDO LLEGA EL SILENCIO...

 A veces llega el silencio de la mano con la soledad a tocar la puerta de mis noches, justo a esas horas en donde parece que la tristeza nunca acabará y las canciones de corazones rotos tienden a coger sentido.


Me pongo el abrigo y salgo a caminar un rato, a refrescarme la memoria y para ver qué encuentro en mi camino: y son puras piedras que, al igual que yo, ya no quieren que tropiece nadie con ellas. Porque están cansadas de ser un obstáculo para llegar a alguien, o a algo que nos espera sin prisas ni contratiempos.

Últimamente me la paso pensando en personas que ya se marchitaron y en sueños que ya caducaron. Y me asusta la idea de encontrar a alguien, por el cual he viendo luchando y perdiendo batallas, y darme cuenta que aún me sigo sintiendo vacío, con la urgencia de ver atardeceres de la mano de otro que, en lugar de hundirme, me salve de tantos fantasmas y ayeres. Que me sostenga la vida en esos segundos donde no sé dónde detenerme y respirar. Porque me la he pasado huyendo de recuerdos que lloran en mis hombros antes de dormir, y por eso siento que he llegado a odiar tanto esos lugares donde amé la vida, porque siempre que paso frente a ellos recuerdo que allí nadie me esperó lo suficiente como para yo poder sanar mis heridas.

Y es que... nos hemos convertido en un juego al azar donde nadie sabe con quién se va a morir y por quién va a morir. Entonces nos vestimos de colores bonitos por si alguien se pregunta de qué va nuestra vida y encuentren la respuesta cuando, por fin, después de vernos sonreír a ratos por el día, nos vean morir siempre por las noches.

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